Mentiras y souvenirs III

La gente bien informada dice que hay veinte mil millones de dólares preparados para invertir en la isla en el momento que el régimen fenezca. Confían en que, desaparecidos los Castro, el pueblo cubano les acoja con los brazos abiertos, especialmente al dinero.

Hay una pequeña colonia de empresarios españoles bien situados en la isla esperando que eso ocurra para ponerse en medio y que se les quede algo entre las uñas. Max Canosa ya no lo verá porque falleció tiempo atrás aunque sí lo verán su hijo y la fundación que preside. Por cierto que se ha hablado muy poco en España de los negocios del núcleo duro de Aznar con Canosa, un hombre que financió el terrorismo anti-castrista.

El hijo de un gran amigo mío lleva quince años viviendo en la isla. Como dice su padre, está cubanizado. Es un mocetón guapo, distinguido y con una sonrisa muy bonita. No hay que decir que causa furor entre las cubanas y él se deja querer, aunque de ninguna en particular. Es economista y asesora al gobierno cubano en ciertas cuestiones. No quiere volver a España salvo para pasar unos días en Almería con sus padres.

Pasear la noche habanera con él es un placer. Salimos juntos unas cuantas veces y pude ver lugares y cosas que, de otra manera, no hubiera visto. En una de esas salidas coincidimos con unos cuantos hombres de negocios amigos suyos. Andan entre el susto y las ganas de que todo pase cuanto antes. Susto ante las mafias que se les van a venir encima y ganas de que el gobierno cubano les pague de una vez las deudas que tiene contraídas con ellos. Aunque no se les oculta que, si hay una catástrofe en lugar de una transición ordenada, perderán irremisiblemente su dinero y sus negocios.

Escucho y callo. “No sabes la que se nos viene, no tienes ni idea de lo que es el crimen organizado en Miami”. Otro dice: “Yo prefiero una sola mafia a cuatro o cinco; por lo menos sabes a qué atenerte”. Uno más que se querría marchar de Cuba pero tiene un millón y medio de euros en el banco y no puede sacar más allá de dos o tres mil cada quince días (una fortuna en Cuba). Es el que más se lamenta porque está convencido de que su dinero se volatilizará. “Me vine de Japón, donde estaba estupendamente, y para esto”. Hablan de Canosa y la financiación del crimen, de la etapa Aznar, de chinos y venezolanos, cada vez más presentes en la isla.

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Los recién llegados nunca distinguen entre jineteras (o jineteros) y gente con ganas de ligar. No es fácil, pues la jinetera tiene poco que ver -en sentido literal- con lo que aquí llamamos crudamente puta. Son chicas muy bien educadas que se acercan discretamente en las discos o en las casas de música frecuentadas por turistas, tal vez bailen un rato para ti y luego te pidan una invitación (una cola, cerveza y -las más atrevidas- un daikiri o mojito). No suele haber nada soez en su manera de preguntarte si quieres compañía y tampoco se enfadan cuando las rechazas. No tienen chulo ni hay burdeles organizados y en las discos las dejan entrar libremente porque, con su belleza, atraen a los turistas y crean ambiente. No hay el menor peligro alrededor de ellas, son mujeres dueñas de su cuerpo y hacen lo que les parece. Quien frecuente los locales nocturnos, en Madrid, en los que paran futbolistas, gente del espectáculo y chicas hermosas a la caza se puede dar una idea, aunque haya poco que ver entre una altiva modelo española y una amable jinetera cubana.

Si vas a la Casa de la Música, en La Habana Vieja, verás que es cierto que el turismo sexual es uno de los atractivos de la ciudad. Mesas ocupadas por españolas, por canadienses, por nórdicas, cada una con su guayabo, mulatos que son de una espectacular belleza, hombres con los que en sus países no podrían hacer el amor pues -con esos cuerpos- serían de modelo hacia arriba.

En el Montserrate, sentada en una mesa, hay una anciana norteamericana que ya no cumplirá los setenta y cinco. Se le acerca un mulato y pronto están charlando amigablemente. “Esta noche le van a dar una alegría a la vieja” -dice Ricardo. Probablemente ha venido a eso y por qué no.

Hay mucho sexo en Cuba. Mucho. ¿Y qué?

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Casa de santería dedicada a Yemayá en Trinidad

Dicen los informados que, siendo Cuba un país católico, el ochenta por ciento de la gente practica la santería, el culto de los Orishas llegado de África con los esclavos y sincretizado con las imágenes de devoción del catolicismo. Abacuás, babalaos, paleros… nunca sabes con quien estás hablando. Pregunto a mi amiga Daylén si ella también practica la santería siendo neurocirujana. Dice que no, que ella cree en un solo Dios que es Jesucristo pero al poco rato me señala -estamos en un café con orquesta sentados en una mesa- que el cantante del septeto practica el culto a Changó y que el del bajo adora a Yemayá. ¿Cómo lo sabes? “Por las pulseras que llevan”. Nunca me hubiera fijado en ese detalle, apenas unos cordoncitos de colores.

Ricardo, ¿tú no creerás en la santería? “No sabría qué decirte. En mi primer trabajo en Cuba tuve una mala experiencia y ahora me protejo como todo el mundo”. “Fueron apareciendo en la puerta una serie de señales -para mí imperceptibles- pero no para un compañero: va a pasar algo -dijo”. “Y pasó”. “Al poco tiempo murió una persona que no estaba enferma, y pocos días más tarde otra. Y otra”. “Me asusté. A ver si el próximo soy yo -me dije- y busqué ayuda”. “El babalao al que acudí dijo que era una maldición muy poderosa, me sometió a un ritual de purificación y parece que funcionó”.

¿Puedo ver una sesión? “Sin cámara de fotos, las que se pueden fotografiar y filmar son para turistas”. “No te lo recomiendo, no es agradable, hay mucha sangre, cuchillos, gente fuera de sí”. Bueno, insisto.

Se dice que Fidel es un poderoso babalao, que no sólo ostenta el poder político sino también el religioso. Los practicantes de la santería sienten un gran respeto por los grados jerárquicos de su culto. Pero también hay santería en Miami y babalaos igualmente poderosos.

No resulta difícil entender las formas de vida y el modo de relacionarse de los cubanos si se tienen en cuenta sus creencias religiosas y el trasfondo intensamente africano de sus costumbres. Aunque se dice que no pueden entrar en los hoteles o, mejor dicho, sólo hacerlo bajo ciertas condiciones, he visto a un babalao mayor y de poderoso aspecto entrar en el mío, acompañado de dos acólitos, como Pedro por su casa. Nadie dijo una palabra, blanco, negro o mulato.

Mientras hablaba con un grupo de gente llegó un huevo y aterrizó en el suelo cerca de mí. Salpicó mi pantalón y los zapatos. Pensé que había caído de algún nido de los tejados próximos pero no supe interpretar el hecho y quienes estaban conmigo tampoco me dieron la menor explicación. De vuelta al hotel, por la noche, llamé a la camarera de servicio y le pedí que lavasen y planchasen los pantalones. Fue ella quien me dijo lo que significaba ese huevo que había intentado alcanzarme y me estaba dirigido: durante sus ritos, los babalaos “limpian” el alma enferma del paciente pasándole un huevo de gallina por todo el cuerpo -sin romperlo- y suponen que el mal queda encerrado dentro de él. Esos huevos sirven también para desatar ese mal sobre otra persona. ¿Quién me quiso perjudicar? ¿A quién ofendí sin saberlo? No tengo respuesta pero lo cierto es que hice un estupendo vuelo de vuelta y mi salud es inmejorable en este momento.