Alta cocina

Tuve que buscar trabajo y lo encontré en un restaurante de comida barata en la calle Lope de Vega. Me dejaba buena parte de la mañana libre y un rato por la tarde, aunque tuviese que estar allí sábados y domingos. El lunes era para mí y ese día me lo pasaba completo en San Fernando, hasta que me echaban. Era mejor que descargar camiones de fruta en Legazpi y bastante peor que hacer copias de la maja desnuda para el mercado norteamericano.

No recuerdo el nombre del cocinero pero sí que vivía muy cabreado. De joven había andado por fogones de más fama pero la vida y el alcohol le habían llevado a aquel tugurio en el que las cucarachas hacían desembarcos al estilo Normandía cada noche. Comía allí gente de escasos posibles, mayormente estudiantes, jubilados y unos cuantos locos inofensivos. Mi trabajo consistía en ayudar al cocinero en lo que me iba diciendo, que es una forma de decir que debía obedecerle ciegamente. Su rebelión ante un destino injusto le llevaba a escupir en la sopa. Me dijo que todos los cocineros lo hacían como muestra de desprecio a los clientes y me animó a hacerlo. Carraspeé, casi me arranco la tráquea y arrojé un magnífico gargajo sobre una sopa de pescado.

Lo miró muy serio y concluyó:

-No podemos servir esto.

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