Como los zombis

Es difícil saber dónde estás, cómo te sitúas, porque puedes verte mientras las cosas suceden y eso requiere algunas capacidades extraordinarias.

El río bajaba tremendo, mordiendo con rabia los taludes pero ahí termina la imagen porque el cierre de la memoria ha estado trabajando durante las horas transcurridas. Es una pena: salían unas fotos que tienen a mi propia madre como protagonista, vestida de negro, muy elegante y guapa, en su juventud. Unas fotos que no he podido tomar yo por más que mi padre me prestase de vez en cuando su cámara.

Me costó reconocerla a pesar de la familiaridad del rostro. Era la pose lo que me distraía, muy de artista de cine de aquellos años aunque ella nunca fumó. Esa foto enlaza con una aventura en la que cierto perrazo, mezcla de mastín, pitbull y algo de braco, completamente rabioso, saltaba una alambrada para darnos caza. Las babas eran la señal de la enfermedad y su tenacidad para saltar la valla hasta conseguirlo, síntoma del peligro. Corrimos hacia una encina pero ya no puedo correr como antes, desde el accidente de Nantes. Siempre se plantean esos problemas, cómo hacer frente a un perro rabioso con un bastón de campo. Darle con mucha fuerza entre los ojos, intentar que caiga conmocionado pero no es fácil. Lo fácil es fallar y verte apresado por un animal que sólo quiere desgarrar y saciar el instinto asesino de comerte, como los zombis.

 

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