El delator

Mi casa de Madrid, un piso muy grande esquina a Gran Vía, alquilado hace muchos años a una institución oficial, tenía muchas ventanas a la calle y habitaciones de altos techos y muy espaciosas. En lo que fue parte de servicio tenía montado yo un laboratorio y un taller de grabado. Hacía allí mis aguafuertes y puntasecas. En casa siempre había amigos, alojados, refugiados o gente comiendo de gorra. Montábamos también algunas reuniones para causas nobles que ahora, pasados los años, encuentro ridículas. Por allí anduvieron gente tan dispar como Ferlosio, García Calvo o el sindicalista aristócrata. Poetas, pintores, fotógrafos y alguna gente de mala vida que mi difunto amigo R traía de vez en cuando para variar.

Por uno de esos azares del sueño la otra noche revivió la casa. Necesitaba revelar unas placas con urgencia y en el laboratorio sucedía algo que lo impedía. La única posibilidad era molestarla. Dormía plácidamente y yo debía sacar las placas de los chasis para ponerlas en una bolsa oscura. La habitación estaba tibia y su cuerpo también. Utilicé la ropa de la cama para aislarme de la escasa luz que se colaba por el balcón.

Es una historia sin final, como casi todas las que ofrezco, porque una persona largos años fallecida aparecía en la puerta, vivo y radiante. No era cosa de seguir con las placas sino de invitarle a tomar algo, de sentarse con él un rato a que me contara. Cuando uno ha cumplido ciertos años es mejor que te vayan contando, hacerse a la idea cuanto antes.

 

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