Mambo y estribillo

Difícil distinguir entre uno y otro.

Todo se vuelve mambo y estribillo.

Se le hace daño al son que, poco a poco,

con la reiteración pierde su brillo.

(Son cubano del Afro-Cuban All Star)

Estos días se ha venido celebrando el congreso del Partido Comunista Cubano, partido único, y se van a tomar algunas medidas interesantes como permitir la compra y venta de casas y la creación de empresas privadas. Ambas me parecen bien y no diré la gilipollez del “insuficiente” que es lo políticamente correcto. Sería preferible una transición suave de la pobreza a la pobreza, destino seguramente inevitable dadas las circunstancias.

Tal vez muchos no sepan que, de los tres hombres implicados en la lucha por el control de Cuba a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, dos provenían de la clase más baja y otro de la clase dirigente. Tanto Batista como el mafioso Meyer Lansky, aliados y socios, habían nacido en el arroyo mientras Fidel Castro era hijo de un gallego terrateniente que le dio estudios en los jesuitas de La Habana y en la universidad, llevando vida de señorito. Por cierto que durante su período universitario hubo tres intentos de asesinato contra Fidel. Militaba en uno de aquellos partidos políticos de filiación cristiana reformista y ya era un líder. Eso fue antes de convertirse en abogado y pensar en el asalto al cuartel Moncada.

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He escrito emails a los amigos de la isla, tratando de desentrañar las medidas, el cómo y el cuándo. Impaciencia pues viajaré allí dentro de poco.

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Los días de inactividad forzosa no han sido perdidos del todo: he desenterrado las fotos cubanas y seleccionado setenta para enviarlas a un impresor gallego de confianza. Las fotos fueron hechas con dos cámaras de 35mm, una Leica y una Canon, y una pequeña Panny para las escenas nocturnas. Diversos viajes, fotografiar desde la mañana a la hora de acostarse y muchas fotos para editar.

Una tarea que resulta siempre dolorosa: apartadas las defectuosas o claramente malas, todas son hijas propias y cuentan historias que se han vivido, nos traen caras que son personas con las que hemos hablado o con las que nos hemos rozado en algún momento, a las que hemos visto haciendo algo que nos parecía interesante. Hay que sacrificar, ha de cogerse la goma de borrar y apartarlas de nuestra vista.

Al final quedan unos cientos que pueden estar juntas pero no es posible. Demasiadas, y hay que seguir sacrificando. Me fijo un objetivo: fotos para un libro de 110-120 como mucho. Cuando las tengo, después de varios días, me pongo otro objetivo más: una exposición grande, pongamos que entre 50 y 70. Reservo las del libro y sigo quitando. Caen otras cincuenta más hasta quedarme en las dichas 70, que son las que vuelan por ftp hasta Galicia para ser impresas.

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Rechazar el tremendismo, tan fácil en Cuba en cuanto uno se lo proponga. Huir del estilo NatGeo. Escapar del sobado estilo poético. Nadie está libre de tentaciones pero luego hay que escoger para quedarse en un terreno de menor éxito porque la gente no tiene los ojos tan acostumbrados. Cierto que un buen amigo, alguien que me quiere mucho, dice: “¿Éxito? ¡Pero si llevas 25 años mandando a la mierda el éxito!”.

JC me dice que no son fotos fáciles. Le pido aclaración y apostilla que no son fotos “para cualquiera”, que es documentalismo respetuoso -educado, añade- y a la gente le gusta lo evidente, lo masticado, que le zarandeen el alma como si fuera una higuera y no tenga que pensar por sí misma. Nada nuevo. Hay más guerra, más horror por ella, en la foto del soldado en estado de shock de McCullin que en todas las demás, especialmente en aquellas que nos presentan cuerpos humanos violentados.

En mis fotos de Cuba se ven las cosas pero no están explícitas. Se centran en la gente, en la luz misericordiosa. He dejado fuera todo lo pintoresco también, la propaganda -tan resultona-, o la fácil crítica a lo Parr de los impresentables turistas de Varadero, con su pulsera de plástico y los cerros de comida sobre la mesa. Una Cuba que asquea pero que les resulta necesaria y que conozco por haberme sometido a la experiencia.

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No fotografío, como Winogrand, para ver qué tal se ve el mundo una vez fotografiado. Lo hago para relacionarme con la gente, para vivir las calles, los interiores, la vida que me rodea y que se escapa a borbotones. Para dejar memoria de personas con las que es posible que ya no me cruce más o a las que veo con frecuencia. Para encontrar sentido a la vida, en primer lugar. Un sentido que no tiene por qué ser terrible o necesariamente poético. No me gusta la fotografía de gente haciendo cosas terribles. Tampoco persigo el momento decisivo ni creo que todo eso de alinear el cerebro, el ojo y la cámara sea más que una frase bonita. Las fotos buenas, para mí, no se toman sino que se hacen y en ese verbo pongo diversos sentidos. No espero momentos aunque puedo pasar mucho tiempo esperando. Las fotos buenas son las persistentes, las que se alojan en la memoria y la mayor parte de las fotos que se toman no valen para nada o son sólo recuerdos que nos atañen individualmente. Un diálogo con el o los representados que sólo a nosotros concierne. Las fotos buenas son otra cosa y nada más repulsivo que el fotógrafo que se crea -o recrea- un mundo. Prefiero una foto fría, documentalismo a secas, que una foto poética. Por eso la prueba de fuego de un fotógrafo son los retratos. Coge a uno de esos poetas de la imagen y pídele retratos. Mira cómo trata a otros seres humanos a la hora de representarlos y te darás cuenta de lo que hay.

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No cuelgo mis fotos aquí. No gasto fotos en estos lugares porque no necesito darme a conocer y porque, en el fondo, me importa un pito enseñarlas salvo bien enmarcadas y en una pared, que es donde deben verse. De internet digo lo que mi amigo A. de otras cosas: para poca salud, ninguna.

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Cuando termino tengo una sensación doble: la tranquilidad que da el trabajo terminado -este trabajo porque el de Cuba no lo está- y un abatimiento muy grande por la cantidad de historias que ya no serán contadas. Las fotos seleccionadas ofrecen una historia, sí, una visión de aquel país con especial interés en la gente pero el espectador no sabrá de las amputaciones, de los momentos idos para siempre, de los encuentros fortuitos y de la vida que se ha marchado en esas imágenes inútiles.

(He cambiado las fotos de la entrada tras conocer el asesinato del fotógrafo y documentalista Tim Hetherington, co-autor con Sebastian Jünger del excelente documental Restrepo)