La fuente de la vida

Cae la tarde con pasos azules y medidos; comienza por las sombras, mientras las luces aún chispean en tonos dorados sobre los blancos de la cal, antes de invadir toda la escena. El agua está fría y unos cuantos animalejos, de aquellos que me empeñaba en creer que eran cocuyos tras mis lecturas de Julio Verne, nadan en ella. La gente se ha marchado y la plazuela se ha quedado desierta. No se escuchan televisiones ni radios. Las puertas han sido cerradas y apetece el alivio de una conversación amiga. Conversar junto al agua mientras se nos va el día, no hay mayor lujo en estos tiempos.
No sé de dónde brota ese agua pero cerca hay una iglesia. Antes de las iglesias y los templos estaba el agua. Basta con imaginar, en el caliente Sur, la partida de cazadores paleolíticos para entender su origen sagrado. Agua que permite calmar la sed y abatir animales con facilidad en tiempo caluroso. Agua que brota entre las piedras, como un milagro de origen divino. Lugar de reposo primero; después de culto, templo, ermita, iglesia. Debajo de todas las iglesias hay una fuente pero la mayoría se han perdido. Algunas curaban enfermedades de los ojos aunque ese es un lenguaje que ya nadie conoce, como el de las campanas.
En esa fuente he sido muy feliz porque resucité de entre los muertos mientras la noche me envolvía en brazos amigos.

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