Un ateo feliz (II)

La consecuencia física de todo esto es un desmayo. “Al salir del pórtico de Santa Croce sufrí unas violentas palpitaciones… La fuente de la vida se secó en mi interior y caminé con un miedo constante de caerme al suelo.” Beyle (que ya era Stendhal cuando publicó este relato en Roma, Nápoles y Florencia) pudo describir los síntomas pero no dar un nombre a su enfermedad. La posteridad, sin embargo, sí puede, puesto que la posteridad siempre sabe más. Beyle sufría, podemos decirlo ahora, del síndrome de Stendhal, una afección identificada en 1979 por un psiquiatra florentino que había recopilado casi cien casos de mareo y náuseas producidos por la exposición a los tesoros artísticos de la ciudad. Un número reciente de Firenze Spettacolo enumera servicialmente los principales lugares que evitar si uno es propenso a sufrir este síndrome; o, en realidad, los que visitar, si uno quiere transigir estéticamente. Los tres más importantes son: “la capilla Niccolini de Santa Croce, con los frescos de Giotto”, la Accademia con el David de Miguel Ángel, y los Uffizi, donde se encuentra la Primavera de Boticcelli.

El escéptico podría preguntarse si esos centenares y pico de visitantes mareados del siglo XX sufrían, en efecto, una violenta reacción estética o simplemente los rigores de la vida del turismo moderno: bullicio urbano, estrés del horario, la ansiedad de la obra maestra, sobrecarga de información y un sol excesivo mezclado con un glacial aire acondicionado. El muy escéptico podría preguntarse si el propio Stendhal sufrió el síndrome de Stendhal. Lo que describe podría haber sido el efecto acumulativo de poderosas impresiones sucesivas: los montes, la cúpula, la llegada, la iglesia, los magnos difuntos, el gran arte y de ahí el desmayo final. Quizá fuese también útil un dictamen médico, en vez de psiquiátrico: si recuestas la cabeza y miras fijamente durante un largo tiempo a una pared pintada y luego te pones de pie y sales de la oscuridad fría de una iglesia al torbellino brillante, polvoriento y frenético de una ciudad, ¿no cabría esperar un pequeño desvanecimiento?
Pero aún así la historia persiste, Beyle/Stendhal es el progenitor y la justificación del moderno amante del arte. Estaba en una iglesia pero no era un hombre religioso, y su éxtasis fue puramente laico y estético. ¿Y quién no comprendería y envidiaría a un hombre que se desvanece ante los Giotto de Santa Croce, tanto más cuanto los estaba viendo con la mente y los ojos libres de una reproducción previa? El episodio es cierto, no sólo porque queremos, sino porque necesitamos que lo sea.
Auténticos peregrinos que llegaran a Santa Croce cinco siglos antes que Beyle habrían visto en los frescos del ciclo de la vida de San Francisco, recién pintados por Giotto, un arte que les decía la verdad absoluta y que podía salvarles, en este mundo y en el siguiente. Les habría ocurrido lo mismo a los que leían a Dante o escuchaban a Palestrina por primera vez. Mas bellos porque eran verdaderos, más verdaderos porque eran bellos, y estas felices multiplicaciones continuaban en una eternidad de espejos paralelos. En un mundo laico, donde nos santiguamos y nos postramos de rodillas ante grandes obras de arte en un sentido puramente metafórico, tendemos a creer que el arte nos dice la verdad -es decir, en un mundo relativista, más verdad que cualquier otra cosa- y que a su vez esta verdad puede salvarnos -hasta cierto punto-, esto es, iluminarnos, conmovernos, elevarnos y hasta curarnos: aunque sólo en este mundo.