Gente de internet (I)

 

 

Se dicen muchas cosas acerca de internet pero la más recurrente es que por ahí anda todo lo bueno y todo lo malo, como en la vida misma. No es cierto porque en la vida normal la gente disimula, suele taparse más de lo que lo hace tras una máscara. Habría que concluir, entonces, que se trata de un baile de disfraces donde -a veces- sale lo peor de cada uno, pero tampoco es cierto pues que mucha gente transita la red a cara descubierta, no llegando a ser por ello ni mejores ni peores que quienes se esconden.

En estos años recientes -cuatro o cinco- he encontrado de todo, cual botica. No me detendré en la gente buena, como en la persona que hizo posible que el blog siguiera adelante porque conservaba mis entradas y se ofreció, generosamente, a enviármelas u otras que he conocido. No me detengo ahí porque, aunque es cierto el aserto tomado prestado por Rubén Darío acerca del Bien y su Belleza intrínseca, no lo es menos que el Bien es mucho más aburrido que el Mal desde el punto de vista narrativo.

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Conocí a un hombre que iba de justo, uno de esos justicieros de papel que imparte doctrina no religiosa, o casi, desde las páginas de un diario de tirada nacional. Es un tipo rebuscado que, sin embargo, dice adorar la sencillez. La adora en la misma medida que aquella que dijo: antes muerta que sencilla.

Este hombre tuvo un blog que se hizo famoso, no por él ni por sus entradas, que poca gente leía, sino por la extraordinaria riqueza y abundancia de comentarios al margen de las mismas que gente más o menos conocida o anónima dejaba cada día en el mencionado blog.

Lo pasaré por alto pues se trata de un hombre sin mayor trascendencia, alguien que se delató en el momento de la verdad, cuando tuvo que contar soldaditos de plomo. Entonces demostró que era una persona al uso, tan banal y previsible como cualquier otra. No está tocada por la gracia y no merece mayor comentario.

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Los amigos se convierten en enemigos y los aliados de un tiempo en aliados de tus enemigos. Todo es gratis, sin coste que pagar, pues la mayor parte de la gente no se conoce y no ha de temer represalias, o eso piensa.

De todos los tipos que he conocido en estos años en tal mundo de blogs y foros los ha habido especialmente malvados. Entre ellos uno que se hizo amigo inicialmente, tanto que entablamos relación epistolar al margen del blog que ambos frecuentábamos. Resulta curioso ver cómo evolucionó tal individuo de la amistad al odio y de ahí a la venganza. Una venganza que se dejó sentir tanto en sus propios comentarios con otros nombres fingidos como en facilitar a los enemigos cuantos datos había podido recabar sobre mí a través de terceros. Un tipo penoso que se cabreó vete a saber por qué.

A través de cierto pintor, o pintamonas -según se mire-, estrechó relaciones con el diarista que tanto quiere y aprecia a mi familia y se dedicó a divulgar las verdades distorsionadas o mentiras a medias -y de ahí a las mentiras plenas- que el escribano le iba contando. Total, por unos librejos dedicados.

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Un día apareció una persona de esas que hacen de su religión, en éste caso judía, una raison d’être tan poderosa que invade y anula cualquier otra característica de su manera de producirse en público. Estaba un poco tocada pero, sobre todo, era muy tosca. Hacía un flaco favor a su causa.

Trabamos pelea y he aquí que un bilbaíno, montañero y patentador de un instalache para trepadores, cuyos comentarios habían dejado bien patente que su actitud no era precisamente favorable a la causa sionista irrumpió en el asunto, disfrazándome en su blog como Arafat y otras bromas parecidas. Bromas a la bilbaína, es decir, sin gracia alguna pues sabido es que lo único aceptable de aquella gente es el pil-pil. Eso y la ría con su puente colgante. Lo demás de aquél lugar, lo que no es andaluz, castellano o gallego, mejor pasar por encima.

El tal fenómeno llegó a amenazarme veladamente cuando le dejé claro que conocía su verdadera identidad, es decir, que la cosa no quedaría impune. Tuvo la desfachatez de hablar con la GC de mi pueblo. De mi pueblo, figúrense, para contarles unas monadas y gracietas que no tardaron en ser celebradas en el café donde leo los periódicos. Después se disfrazó de literato pero lo hace tan mal que pude identificar todos y cada uno de los comentarios vertidos en la red por determinados giros y expresiones que le son tan propios como lo debe ser su agujero anal.

Ese tipo malo, torpe, bruto y atolondrado, volverá a aparecer más tarde en esta historia.

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