Dendróforos

 

 

Solemos pensar que tenemos una explicación coherente para el comportamiento ajeno. Dado un movimiento, le adjudicamos inmediatamente una interpretación. Eso nos deja muy tranquilos aunque en nuestro fuero interno sepamos que estamos equivocados, o al menos lo sospechemos. Quienes ni lo saben ni sospechan son casos clínicos, aquejados de una fea y pertinaz enfermedad.

*

Fue un respiro darse una vuelta por aquel país tan verde. Celebraban una fiesta de un significado hermético. Era imposible saber de qué trataba pero recuerdo una voz interior, proveniente de otra pasada, diciéndome: ¡dendróforos!

Da igual si lo eran o no: se trataba de una explicación coherente, algo que encajaba bastante bien en el esquema. Mi compañero no tenía interés en los personajes sino en las escenas que se iban tejiendo alrededor, tal vez más incomprensibles. No podíamos avanzar por la carretera pues estaba bloqueada, lo mejor sería quedarnos en aquella población e intentar encontrar un acomodo que sabíamos difícil a causa de la fiesta.

Una de las mujeres decía conocerme o tal vez lo que dijo es que había oído hablar de mí. No supe cómo encajar el asunto y menos cuando me preguntó por mi pasada actividad sexual.

-Dicen de ti que has sido una especie de lobo con apariencia de cordero.

Me eché a reír de un modo que sólo podía interpretarse como falso y, entre la risa, pude ver que enfilaba su ojo dominante hacia mí, al tiempo que decía:

-Deberíamos probar.

No quería molestar su autoestima pero si algo estaba claro es que no era una mujer que me gustase físicamente. No entraba dentro de ese más o menos amplio -depende de las personas- catálogo de tipos al que, para simplificar, llamamos mi tipo. No, no lo era y aunque ya se había desprendido de parte de la ropa el asunto no mejoraba sino más bien al contrario.

R. apareció con unas armas compradas a bajo precio. Ahora no podría decir con exactitud si lo que había encontrado para mí era un fusil o una pistola pues cada vez que lo miraba adquiría una forma diferente. Parece que sería la única manera de escapar de aquella fiesta con malas intenciones. El asunto es que ya no teníamos noticia de nuestro coche, perdido definitivamente en la maraña del jolgorio, apartado seguramente en algún lugar peligroso y al que nos sería imposible llegar.

No recuerdo si fue él o fui yo quien decidió que lo mejor sería alquilar una moto en el pueblo, asunto que discutimos durante un rato pues la cuestión del equipaje más dos personas no era ninguna tontería. Finalmente optamos por escapar de allí de aquel modo tan poco adecuado. Lo que menos me gustaba era que yo no podría conducir ya que mi carnet sólo alcanza hasta los 125cc y la moto era de las grandes. De todos modos, la preocupación principal era ocultar las armas de un modo convincente, a resguardo no sólo de miradas indiscretas sino también de los guardias de tráfico del lugar, proclives a pararte y hacer un registro por cualquier cosa.

Así fue como nos alejamos por una carretera serpenteante -estábamos entre montañas- en dirección a lo que parecía desde lejos una olla de vida crepitante, alimentada por un fuego color azufre.

 

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