Saeta

 

Mauricio Abreu

 

 

Procesiones pasadas por agua. Anoche estuve a punto de asistir a la del Cristo Negro, en la capital, pero me dieron pereza el gentío y el trasnoche. Es una procesión muy espectacular dentro de su sencillez. No tengo una respuesta para estos cristos y vírgenes negros. Algunas tallas son de maderas oscuras (ébano, granadillo) pero la mayoría son pintadas, como es el caso del citado Cristo Negro.

En ningún caso se trata de tallas hechas por o desde la negritud, no van de eso. Tal vez el misterio insondable de la Creación, de las fuerzas vitales de la tierra, alegóricamente negra.

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En la primavera de 1973 pude ver la Semana Santa sevillana, guiado por Manolo Salinas y Juan Manuel Bonet. Ningún parecido con la actual salvo los detalles esenciales de pasos y costaleros. Manolo conocía todos los lugares estratégicos y las horas precisas. Pasamos la mayor parte de la noche en vela (yo haciendo fotos), entrando en las casas y oyendo de cerca a los cantaores de saetas. Los mejores siempre cantan en las casas de gente conocida. Fue una experiencia de las que no se olvidan pero lo que más impresión me causó fue el paso por la calle de las putas (entonces) cerca de la Alameda de Hércules. Algunas cantaban muy bien pero lo hacían sin asomarse a balcón o ventana, desde dentro, sin mostrarse.

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En el otro extremo, la Semana Santa de Bercianos de Aliste, cerca de la raya con Portugal. Los hombres y sus capas de fieltro, tan solemnes y al mismo tiempo tan humildes. No tiré fotos por respeto a otro fotógrafo que hizo esa fiesta muchos años atrás. Me parece que no hay que cazar en coto ajeno, mientras sea posible.

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Diego Velázquez era, al tiempo, hormiga laboriosa y chicharra cantarina. Átame esa mosca por el rabo.

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En la ciudad hay un disminuido psíquico que es muy aficionado al flamenco. Quiero decir: a tocar la guitarra y cantarlo. Suele utilizar un sombrero cordobés. Los turistas que no lo conocen se alegran cuando lo ven venir hacia las mesas pero salen espantados cuando comienza con sus aullidos incomprensibles y a golpear la guitarra, siempre desafinada, como si fuera un tam-tam. No hay quien le entienda, aunque se declara seguidor de Porrinas.

Oírle cantar saetas es toda una experiencia: los vecinos escuchan con respeto y luego le prohíben seguir cantando durante el resto de la noche.

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Aquel muchacho llevaba la corbata con un nudo tan aparatoso que parecía un tumor (maligno).

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Quienes somos padres debemos morir para que nuestros hijos conviertan el mundo en algo real. Sólo entonces, y ese cambio es mucho más importante que el mero cambio generacional o patrimonial.

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Un hombre feliz jamás añora el pasado porque sabe que la felicidad sólo se encuentra en el presente. Y ese es justamente el problema, pues el presente no puede darnos sentido al ser diferentes los caminos de la felicidad y del sentido.

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Paso las mañanas y buena parte de las tardes, mientras aguanta la luz, frente a un ventanal, aplicado a mis cuadros. Unos medios voluntariamente ínfimos pero tampoco quiero más. Una pintura inactual, que es lo que me gusta y transporta.

 

 

Un pensamiento en “Saeta

  1. El otro lado del ingeniosísimo Velázquez, probo funcionario, excesivamente servil, nunca, por ejemplo, defendió públicamente a El Greco, a pesar de su profunda admiración hacia él como pintor. En ninguna ocasión excéntrico, siempre atenido a la recomendación palatina. Cobarde en lo material y más valeroso en lo artístico.

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