Benavente actual

 

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Es frecuente leer que la depresión es el mal de nuestro tiempo y a menudo se relaciona este mal funcionamiento químico del cerebro con la alienación, viejo concepto hoy retomado bajo otras formulaciones. Anoche leía un artículo enlazado por un amigo en el que se hablaba del hecho de que ciertas personas son inmunes al mal.

El asunto es antiguo: quien haya leído las cartas de la Madre Teresa de Calcuta sabe cuál es la mejor vacuna contra la depresión. Nadie se deprime cuando hace lo que le gusta y ese hacer tiene un sentido, sea escribir sinfonías o entregar su vida por los demás. Al decir sentido quiero decir trascendencia pues lo que aliena no es tanto el tipo de trabajo que se hace cuanto el hecho de que no pueda percibirse la trascendencia del mismo. Y en eso el mundo moderno es una fábrica de depresiones que afecta no sólo a quienes hacen un trabajo considerado alienante per se (aunque ningún trabajo lo sea propiamente) sino también a los que se dedican a los trabajos llamados creativos ya que no basta con escribir, pintar, componer o lo que sea sino que, por supuesto, ha de tenerse éxito. Como de costumbre, la confusión entre ser y tener.

En realidad el éxito es un aspecto muy secundario de la creación artística, separando esta del show business, algo realmente difícil en los tiempos actuales. Hay dos clases de éxito y sólo uno tiene sentido: aquel que no depende de los demás sino de la satisfacción interior de haber alcanzado un objetivo o superado una dificultad con nuestras habilidades o conocimientos. Qué suceda después con eso puede ser relevante a la hora de financiar la comida pero nada más.

El éxito se fabrica o puede organizarse también en forma de lenta escalera, tacita a tacita -como en el anuncio. Recuerdo artistas que ya nadie conoce cuyo currículo de exposiciones ocupaba varias páginas. Nunca fue demasiado difícil hacer lo políticamente correcto y vivir en gracia con los poderosos. No vivimos tiempos en los que los cuadros se cuelgan en la calle y la gente opina sin temor. No hay mayor censura que la del arte que comienza por llamar tonto al espectador en un ejercicio de autodefensa patético pues suele ocurrir que las profundidades supuestas no son más que majaderías no merecedoras de otro aprecio que el de correr a gorrazos al artista, a su marchante, al que escribe sobre ello y al fuerzaviva que compra.

La cultura nunca estuvo tan barata pero poder comprar La Crítica de Kant por dos o tres euros no garantiza su comprensión, eso no va incluido en el precio. A causa de ello se nos ha llenado el mundo de papanatas cultos, que visitan exposiciones, oyen conciertos y leen las novedades pero lo que se echa de menos -y cada vez más- son los espíritus educados o, mejor dicho, la gente de espíritu. Nunca fueron abundantes, como no lo es el oído absoluto o el ojo privilegiado, y lo dañino es que han sido sustituidos por gente que no serviría ni para estar escondida.

La provocación, pretexto inicial del arte moderno, no provoca. Épater les bourgeois es ya una frase del pasado pues, para comenzar, no hay tales burgueses. Han sido sustituidos por una clase media descreída y culta al uso, lectores de Dawkins y del novelista aconsejado por el último colorín, para quienes la provocación resulta aburrida. Te pueden hinchar a medallas si en tus imágenes aparece gente pinchándose o con los genitales al aire pero conviene no equivocarse: no te dan el metal porque se sientan provocados sino porque te reconocen como uno de los suyos. Es la forma que tienen de considerarte el Don Jacinto Benavente de la actualidad.

 

 

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