A los Adefesios

 

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El arte moderno fue esencialmente democrático: cualquiera podía ser un genio. Basta con que se le ocurriera algo que nadie había hecho antes, como pegar platos en un gran lienzo y manchurrearlos de pintura o atar una cabra disecada al cuadro. La cosa venía arrastrando de lejos porque, si no recuerdo mal, que Duchamp dijera que un urinario no es tal sino una escultura es de 1922. O sea, cuando mi difunta abuela bailaba charlestón.

Eso generaba mucha ilusión en los estudiantes de arte porque cabía la posibilidad de ser alguien sin esforzarse demasiado. Un día se te podía ocurrir algo, por qué no, y forrarte. Ejemplos había muchos, todas las posibilidades estaban abiertas.

La pintura tradicional te pone en tu sitio: si alguien es mejor que tú te pega un adelantamiento por la derecha o por la izquierda que te deja sentado. Sí o no, no vale el cuento. Es muy raro que un pintor tradicional no sea humilde pues sabe cuáles son sus virtudes pero también sus debilidades. Puedes creerte Murillo pero a lo mejor no eres ni Lupiáñez. Cierto que, en todo caso, cabe siempre la posibilidad de ser tú, de no soltar el trapo y dejar que sea la pintura quien hable.

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Pintar las emociones es por completo imposible pero sí se pueden pintar las formas que las expresan.

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Lo he leído o escuchado pero no sé dónde ni a quién: La mayor diferencia entre realidad y ficción es que la ficción siempre debe tener sentido.

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Cuánta gente hay con manos bonitas. Es un placer para los ojos verlas moverse cuando quien las posee no está pendiente de ellas. Las mías no lo son. Tengo manos de artesano, manos para hacer cosas con ellas. De todos modos transmiten calidez y hay quien lo aprecia.

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Sería muy hermoso que los experimentos de Emoto con el agua tuviesen fundamento científico. Tomó agua de la fuente más pura de Japón, congeló unas gotas y observó al microscopio una estructura muy bella. El agua de un río contaminado presentaba estructuras anómalas, feas.

Llegó a pensar que el agua podía responder, como las plantas, a estímulos sonoros armoniosos y parece que así es. Su experimento más controvertido hasta la fecha fue indicar a un grupo muy numeroso de personas que enviasen sentimientos positivos a una botella de agua situada en otro continente. Según el experimentador las cosas funcionaron adecuadamente.

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Lee muy mal pero se empeña en leer la epístola. La pobre se atranca tres veces en cada frase. Hace unos días, dijo lo siguiente: Carta de San Pablo a los Adefesios.

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Dice un periódico que el mercado español del arte está en liquidación por derribo. No se vende en las galerías, no se vende en las ferias y tampoco en las subastas. Una revista extranjera que se ocupa de estas cosas opina que las ventas han descendido un sesenta y dos por ciento pero sale un galerista y dice que mucho más. Una dama del arte asegura que en Arco sólo vendió un cuadro de cinco mil euros y si le dio dos mil al artista con eso no paga ni la moqueta. Los de las subastas afirman que los lotes se vuelven al almacén sin que nadie puje por ellos. Nada, ni una puja.

Debe ser tremendo que te hayan dicho que las obras de tales autores son dinero al portador, que tendrían una plusvalía que ni te imaginas, y no ser capaz de venderlas cuando lo necesitas. Yo me sentiría estafado y, consecuentemente, no pondría un euro más en ese negocio.

En España nunca operó el lobby judío norteamericano que lleva controlando el mercado del arte desde los tiempos de los hermanos Stein. Aquí compraron arte moderno algunos bancos, pocos, Manolo Escobar y mucho profesional libre para decorar casa y despacho al tiempo que pensaba que era una buena libreta de ahorro para el B. No hubo más judía, pobrecita, que Juana Mordó y no pertenecía a lobby alguno. Tampoco hubo coleccionismo de verdad o si lo hubo fue tan escaso y anecdótico que no ha servido para mantener el negocio a flote. Todo ha dependido de las instituciones, principales clientes de ferias y galeristas. Estos le echan la culpa a la subida del IVA (¿lo liquidaron alguna vez?) porque no pueden decir la verdad: que vivían amorrados a la teta de lo público. Y eso es lo que reclaman pues si se hunden ellos se hunde la cultura española toda, como también dicen los del cine, los del teatro y hasta los malabaristas. No saben vivir solos, de su esfuerzo, sin amorrarse y el que más silbe, capador.

Hay quien se preocupa, como los del periódico que saca la noticia. A mí me importa un pimiento pues nunca he creído en la política cultural. Es más, de hecho cuando veo juntas ambas palabras, política y cultura, sé que no estoy ante nada que valga la pena.

Pero sí, el futuro es malo para todos estos. La reacción de los compradores tiene mucho sentido pues no se puede vivir tanto tiempo en el engaño. Ahora falta que las instituciones echen a patadas a los de la teta y estos se pongan a trabajar, como todo el mundo que puede.

 

 

 

 

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