Dos figuras dormidas

 

Argos

 

Viajar por media España en estos días me permite ver el final de la primavera en diferentes acabados. Puestos al cromo el mayor golpe lo da Castilla la Vieja con el bermellón intenso de las amapolas extendido a brocha plana. Justo lo que los agricultores de antes llamaban estar el campo sucio.

Como agua de mayo le vino a las flores la caída. No se recuerda primavera igual en muchos años. Ya no es que pareciese el campo cuadro impresionista sino que hacía pensar en caja de bombones de las antiguas, de cuando no había diseño minimal.

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Santa María de Moreruela o la expresión viva de la incuria en que llegó a caer el patrimonio histórico de España por causa de leyes fruto de las buenas intenciones del progresismo. En todo caso impresiona que sigamos teniendo tanto después de las desamortizaciones, la francesada, el absentismo terrateniente y un siglo de guerras civiles.

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Lo veo orondo, señorón y encantado de conocerse, con goma de borrar memorias. Hijos hay que no saben qué hacer para enterrar al padre.

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De las tragedias originadas por la guerra hay una que se presta a figurar en relatos y películas pero de la que nadie parece echar cuenta. Se trata de los españoles comunistas refugiados en la URSS de Stalin. Alojados y tratados según su rango, implicación y servicios. De las traiciones entre ellos, de las delaciones por no saber apreciar el paraíso comunista, tan diferente en la realidad al que esperaban pues, como la pobreza, una cosa es el comunismo bajo higuera y otra que se congelen las palabras a cuarenta bajo cero.

Santiago Carrillo fue de los que se chivaban y, como el ansia de muchos era que los dejaran irse a Méjico, se le ocurrió ridiculizar a los traidores diciendo que allí no comerían más que churros, a lo que un suicida contestó: “Por lo menos hay aceite y harina”.

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La necesidad de imágenes nos acompaña desde que podemos llamarnos seres humanos con propiedad. En unas épocas hay más necesidad que en otras aunque puede decirse que la abundancia y calidad corren parejas con la civilización.

Según esto, que es una reducción, el siglo XX y lo que llevamos del siguiente son el epítome de la cultura de las imágenes: invención de la fotografía con la consiguiente democratización del retrato, la pintura burguesa, el cartelismo, el cine, la televisión y todo lo demás para terminar con la gran aportación de la cultura norteamericana: el arte plenamente democrático pues que ya no depende del talento natural sino de la intención.

Por supuesto que es más complicado el asunto pero esto es una entrada de blog y no un ensayo. El caso es que los pintores perdieron hace mucho la exclusiva de producir imágenes. Un retratista en la actualidad trabaja contra todos los sistemas de reproducción de imágenes que aseguran lo más difícil –el parecido– en un instante mientras para él es el resultado de una larga y, a veces, penosa batalla.

Y sin embargo el buen retrato pintado posee atributos que la imagen fotográfica no puede dar. Si eres capaz de advertir las diferencias (que no son consecuencia del estilo o la manera de aplicar la pintura sino de elementos más escondidos), si eres capaz de entender que el Papa Inocencio en fotografía no sería exactamente como el que aparece en el retrato de Velázquez sin que eso te lleve a aceptar la exageración o su contrario, entiendes que un retrato fotográfico es a otro pintado lo que una raja de mortadela a una exquisitez: ambas son comida y alimentan pero no cosquillean el cerebro de la misma manera.

Perder la exclusiva de las imágenes es lo que arrojó a los pintores del templo y los convirtió en charlatanes.

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Reaprovecho bastidores antiguos (qué bien hechos) para tender lienzos nuevos. Escojo los pequeños. Hay tamaños que rellenaba de pintura en dos sesiones y que ahora no me atrevo ni a mirar, mucho menos a tensar tela en ellos.

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Hay desnudos pintados que, en lugar de parecer dormidos, aparentan estar castigados contra la pared o asfixiados contra el diván.

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Para dormidas de verdad las dos figuras que aparecen en sendos cuadros de Ribera y Velázquez. Argos por un lado y Jacob por otro, los dos en El Prado.

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Ramón Casas tiene una mano prodigiosa para el dibujo (no tanto para la pintura) y se entiende que Picasso, que trató de imitarle, dejase Barcelona camino de París, abrumado por el fracaso. Mano prodigiosa pero poco sensible. Son escasos los retratos en los que consigue un alma para el retratado. La mayoría son apariencias.