No pude corresponder

*

El momento más bonito al pintar paisajes es ver que has encendido la luz. Para los retratistas: que Pedro, Manuela o Juan están en el lienzo y miran.

*

Esta me encanta: Tú dejas de contar mentiras sobre mí y yo no cuento la verdad sobre ti.

*

En el 91 estábamos trabajando en las terracotas y yesos de la Puerta del Perdón de la catedral de Sevilla. Enfrente había una tasca sevillana de las sencillas, de tomar un vino o caña de cerveza con su tapa de jamón o cocina. Nos dábamos un respiro en ella y en eso entró un hombre de los que ya están al borde de la ancianidad, se ve que nunca han dado un palo al agua y su madrugar son las doce. Vestía camisa bambera, azul desleído, bien afeitado y peinado hacia atrás, con brillantina y pequeña voluta en el cogote. Pidió manzanilla y tapita de aliño. Bebió un sorbo del vino, pinchó con el tenedor un tomate y dijo al camarero: ‘Esto no lo ha aliñado Pepita’.

Sólo un sevillano que ejerce puede tener esa sensibilidad para lo trivial aparente.

*

Un seguidor de Sanders ha tiroteado a unos congresistas republicanos. Cuestión de odio, se ha dicho. Creo que no, que es un desquiciado con acceso a las armas. En aquel país no hay médicos de familia ni atención primaria salvo para las personas de dinero. Por lo tanto el sistema sanitario no puede detectar, en la medicina de base, lo que afecta a cada persona. Estamos acostumbrados a que nuestros médicos vean pronto que podría tratarse de un problema de salud mental y en consecuencia, derivan el enfermo al especialista. Habitualmente el psiquiatra se hace cargo, la persona se medica y aquí no venden armas en los estancos. Nuestro sistema no puede evitar que, de tarde en tarde, se le escape un loco de las manos y mate o haga daño a alguien. Los Estados Unidos están llenos de locos sin medicar, abandonados por completo a su suerte. Con frecuencia uno de ellos no soporta la presión –la que sea– y dispara.

*

Hacia los doce o trece tuve un gran amigo, un amigo del alma. Íbamos juntos a todas partes, nos defendíamos mutuamente y la confianza sumada a la bondad reinaba en nuestra relación.

Cuando empecé a salir con chicas de mi edad se amoscó conmigo y, poco a poco, fue alejándose. Yo le incitaba a salir con amigas de mi chica de turno pero iba malhumorado y se aburría. Una tarde, sentados en un banco de la norteña provincia le pregunté abiertamente qué estaba pasando. Recibí la mirada más triste que haya podido ver y se marchó con los ojos húmedos. Nunca volvió a dirigirme la palabra ni acercarse. Me dolió porque lo quería mucho y lo admiraba por tantas virtudes demostradas.

Unos años más tarde comprendí el fondo del asunto y me hice consciente del sufrimiento que aporta al alma una amistad que se ha convertido en amor y que, como es, no puede ser correspondido.

*